Entre los años de 1912 y 1914, una terrible
peste sacudió al pueblo de Totatiche y sus alrededores; era la llamada:
“Tifo”, muy conocida y temida por todos, pues era muy contagiosa
y quienes la contraían en muy pocas horas morían. Fueron muy
pocas las personas que sobrevivieron.
La enfermedad consistía en la deshidratación
y destrucción del aparato digestivo, y los síntomas eran fiebre
muy alta, muchos vómitos con sangre y diarreas, para luego fallecer.
Los afortunados sobrevivientes decían que al
contraer la tifo, sentían que les enterraban candentes fierros en él
estomago, y sentían como si estuvieran encerrados en un gran horno
ardiente.
Por todo el pueblo se escuchaban los lamentos de las
mujeres que quedaban viudas y desamparadas, de los hijos que quedaban sin
sus padres. Familias enteras morían en las casas sin que nadie los
socorriera, sacerdotes que administraban los Santos Sacramentos a los moribundos
también eran víctimas de tan penosa enfermedad.
Era todo dolor, toda tristeza, a tal grado que murieron
cientos de personas en todo Totatiche.
Con el miedo de contraer la peste, las personas sacaban
a sus muertos a la puerta de sus casas. Para esto las autoridades ordenaron
que se recogieran los cuerpos que hubiesen en las casas o que estuvieran tirados
en la calle. Y una carreta que era arrastrada por caballos y por un hombre
que llevaba cubierto todo el cuerpo, recorría todas las calles del
pueblo en busca de víctimas de dicha enfermedad, las cuales eran echadas
arriba de ella, inclusive algunas todavía vivas sollozando de dolor.
Cuando la gente escuchaba pasar la carreta se estremecía
de miedo, pues sabían lo que llevaba, y fue así que le nombraron
la Carreta de la Muerte, debido a que anunciaba a su paso el servicio para
las personas que lo requerían.
Después de recorrer las calles en busca de desafortunados, la carreta
era llevada al panteón, en donde había muchas fosas, y en donde
eran sepultados hasta 15 muertos en una sola debido a la gran cantidad que
había.
Estando de párroco en Totatiche el ahora Santo
Cristóbal Magallanes, y pidiendo a Dios con todo su corazón
que acabara la peste, realizó una procesión con el Santísimo
Sacramento por todas las calles del pueblo, y después fue llevado hasta
el Templo con gran devoción, entre alabanzas y rezos. Desde ese día
terminó la peste.
Sin embargo tiempo después, las personas comentaban
que noche tras noche, todavía se escuchaba pasar la carreta y que todos
los que la escuchaban y contaban lo escuchado, al poco tiempo enfermaban gravemente,
sufrían algún accidente o morían repentinamente.
Hoy en día, las personas aseguran que todavía la carreta se
oye pasar con fuerza por las noches y que lleva arrastrando cadenas y tablas,
al ritmo de galopes de caballo; y que sigue aún recorriendo las calles
del pueblo en busca de víctimas. Y cuentan que todo aquel que la escuche
pasar por su casa, es señal que morirá a los tres días.